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martes, 14 abril, 2026
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Cinco preguntas clave para reflexionar antes de corregir a un hijo, según especialistas

Una psicóloga especializada en crianza destaca la importancia de la pausa y la comprensión para abordar los comportamientos infantiles, proponiendo un enfoque reflexivo que priorice las necesidades detrás de la conducta.

La crianza respetuosa y el establecimiento de límites representan un desafío significativo para padres, madres y cuidadores. En este contexto, la coherencia, la empatía y la calma se presentan como aspectos fundamentales. Sofía Lewicki, psicóloga especialista en crianza, sugiere que antes de reprender a un niño es conveniente hacer una breve pausa y reflexionar para comprender qué sucede en el fondo de una determinada conducta.

Lewicki explicó que, ante un berrinche o un error, la reacción adulta suele ser inmediata frente a lo observable, pero la conducta visible es sólo una parte de un proceso más profundo. La especialista señaló que muchas intervenciones comienzan señalando el error, cuando en ocasiones es más efectivo partir desde la comprensión. Por ello, enumeró cinco preguntas que los adultos pueden formularse antes de corregir a un hijo.

Según la psicóloga, numerosas conductas interpretadas como negativas son, en realidad, expresiones de una necesidad no satisfecha. Un niño que grita en el supermercado puede estar cansado o sobreestimulado; uno que empuja a un hermano, frustrado; y otro que se resiste a vestirse, quizás necesite más tiempo para realizar una transición. «Es importante empezar a ver que los comportamientos son una forma de comunicar algo», detalló.

Una estrategia que no falla, amplió, es comenzar preguntándose por las necesidades básicas del niño: ¿Durmió bien?, ¿tiene hambre?, ¿está cansado?, ¿está pasando por un momento que lo vuelve más sensible? También es útil considerar cuándo fue la última vez que se compartió un juego, un abrazo o una conversación significativa.

Lewicki introdujo la idea de que a veces se espera que los niños posean habilidades que aún están en desarrollo, como esperar pacientemente en un restaurante, compartir siempre o tolerar la frustración. «A ciertas edades, exigirles es ir en contra de su fisiología del desarrollo», afirmó. Un niño de cuatro años que no puede gestionar la espera no está necesariamente desafiando la autoridad, sino que está aprendiendo. La solución, según la experta, no es ceder inmediatamente, sino acompañar y enseñar a gestionar esa espera de la manera más amorosa posible.

«Cuando criamos, estamos tan enfocados en las necesidades y conductas de los niños que nos olvidamos de mirarnos a nosotros mismos. Los adultos también tenemos un sistema nervioso que se agota», destacó Lewicki. La exigencia diaria es inmensa, y la autocompasión suele escasear. Un día largo de trabajo, con preocupaciones económicas o sobrecarga de cuidados, hace más probable reaccionar con irritación. Un incidente menor puede convertirse en «la gota que rebalsó el vaso», cuando el niño no es el origen del malestar, sino el último eslabón de una cadena de estrés.

Para la psicóloga, existe una diferencia fundamental entre una corrección que pretende enseñar y una que solo se limita a señalar el error. «Retar está más ligado a un lugar de señalamiento del error que a poder crear una situación de aprendizaje», distinguió. En este punto, los límites son un gran aliado, ya que marcan un borde necesario que abre un espacio para cuidar y aprender.

Un límite efectivo, según Lewicki, no se reduce a un «¡dejá de hacer eso!», sino que ayuda al niño a entender las consecuencias de sus actos. Por ejemplo, si un niño tira un juguete y golpea a otro, se le puede decir: «Cuando tirás cosas, podés lastimar a alguien. Vamos a buscar otra forma de descargar ese enojo». De esta manera, se transforma una situación conflictiva en una oportunidad de aprendizaje.

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