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sábado, 1 agosto, 2026
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Ecolocalización: cómo murciélagos, delfines y humanos usan el sonido para orientarse

La ecolocalización, un sistema de sonar natural presente en más de mil especies, permite a murciélagos, delfines y algunas personas con discapacidad visual percibir su entorno mediante ondas sonoras. El fenómeno fue relevado por National Geographic.

Murciélagos, delfines y humanos comparten una habilidad vinculada a la percepción del entorno a través del sonido. La ecolocalización, sistema de sonar natural utilizado por más de mil especies, consiste en emitir ondas sonoras que rebotan en los objetos y devuelven ecos con información sobre distancia y tamaño, según un relevamiento de National Geographic.

La mayoría de los animales que dependen de esta habilidad habitan entornos con escasa o nula luz, como cavernas, fondos oceánicos y junglas nocturnas. Cada especie desarrolló estructuras anatómicas específicas para emitir y recibir señales acústicas, desde la laringe de los murciélagos hasta el cráneo de los delfines. Según la publicación, los métodos incluyen vibraciones de la garganta y movimientos de las alas.

El fenómeno no se limita al reino animal. Algunas personas no videntes o con discapacidad visual pueden aprender a ecolocalizar, y estudios de imágenes cerebrales muestran que durante ese proceso se activa la zona del cerebro dedicada a la visión.

Murciélagos: emisión y recepción de sonidos

Los murciélagos son el ejemplo más estudiado de ecolocalización. La mayoría de las especies, como el murciélago de Daubenton, contraen los músculos de la laringe para emitir sonidos por encima del rango audible humano, según National Geographic, que cita a Kate Allen, investigadora posdoctoral del Departamento de Estudios Psicológicos y Cerebrales de la Universidad Johns Hopkins.

Las señales varían entre especies, lo que permite identificar llamados propios entre los de otros murciélagos del entorno. También adaptan sus vocalizaciones según el hábitat y el tipo de presa; el murciélago europeo emite sonidos de baja intensidad en presencia de polillas para evitar ser detectado.

Algunos ejemplares pueden localizar objetos de 0,18 milímetros de diámetro, equivalente al grosor de un cabello humano. Para rastrear insectos en vuelo, emiten hasta 190 llamadas por segundo y pueden consumir la mitad de su peso corporal en insectos durante una noche.

La polilla tigre flexiona el órgano timpánico ubicado a ambos lados de su tórax y genera chasquidos que interfieren en el sonar de los murciélagos. Los murciélagos de nariz foliar emiten llamados a través de narices con pliegues anatómicos que funcionan como reflectores de sonido, y algunas especies remodelan la forma de sus orejas en fracciones de segundo para captar ecos.

Ecolocalización en el océano

En el medio marino, el sonido viaja cinco veces más rápido que en el aire. Los delfines y otras ballenas dentadas, como la beluga, producen señales acústicas en un órgano llamado bolsa dorsal, ubicado en la parte superior de la cabeza, cerca del espiráculo.

Un depósito de grasa conocido como melón reduce la resistencia entre el cuerpo del animal y el agua, lo que facilita la transmisión del sonido. Un segundo depósito en la mandíbula inferior filtra el eco que regresa desde las presas.

Wu-Jung Lee, oceanógrafo de la Universidad de Washington, declaró a National Geographic que la mayoría de los sonidos de ecolocalización de mamíferos marinos superan el umbral audible humano, con excepción de cachalotes, orcas y algunas especies de delfines.

Las marsopas comunes emiten chasquidos de alta frecuencia que sus depredadores naturales, las orcas, no pueden detectar.

Uso humano y navegación

La ecolocalización cumple funciones de navegación en distintos hábitats. Los murciélagos marrones de América la usan para moverse en bosques con sonidos ambientales. Los delfines del río Amazonas la emplean para sortear ramas y obstáculos depositados por inundaciones estacionales, según Lee.

Entre los humanos, la ecolocalización es practicada principalmente por personas no videntes o con baja visión. Algunos generan chasquidos con la lengua; otros, con objetos como bastones. Exploraciones cerebrales muestran que durante ese proceso se activa la corteza visual, lo que sugiere una reorganización funcional del cerebro ante la ausencia de estímulos visuales.

“Al cerebro no le gustan las áreas sin desarrollar”, indicó Allen a National Geographic.

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