La conmemoración del 24 de marzo volvió a ocupar el centro de la escena pública, demostrando que la interpretación del pasado reciente continúa siendo un terreno de confrontación simbólica y política. Las calles de todo el país fueron el escenario donde cientos de miles de personas ratificaron los principios del Nunca Más, en contraste con la postura oficial del gobierno, que optó por un discurso que diversos sectores calificaron de relativización del terrorismo de Estado.
Un consenso bajo tensión
Desde el retorno a la democracia en 1983, la condena al golpe de Estado de 1976 y a las violaciones sistemáticas a los derechos humanos había logrado un amplio acuerdo transversal. Este año, ese consenso mostró fisuras. El mensaje gubernamental, al evitar una condena explícita a la interrupción violenta del orden constitucional y al enfatizar el contexto de violencia previa, generó rechazo en organismos de derechos humanos, partidos de la oposición y amplios sectores de la sociedad civil.
Las múltiples capas de la memoria
El repudio al golpe militar no constituye un bloque monolítico. En las movilizaciones convergen tradiciones diversas: la perspectiva democrático-liberal, que enfatiza la destrucción de las instituciones; la visión centrada en los derechos humanos, que pone el acento en el plan sistemático de desapariciones; y la lectura militante, que interpreta la dictadura como una respuesta a un proyecto político transformador. Esta pluralidad coexiste dentro de un marco común que rechaza la legitimidad de la toma del poder por la fuerza.
El debate sobre los antecedentes
Uno de los puntos más sensibles en la discusión histórica sigue siendo el período previo a marzo de 1976. La acción de la Triple A, los enfrentamientos internos dentro del peronismo y la actividad de organizaciones armadas son frecuentemente citados como contexto. Sin embargo, la sentencia del Juicio a las Juntas Militares de 1985 estableció una distinción fundamental: el Estado, con su monopolio de la fuerza, no puede equipararse a grupos insurgentes y tiene responsabilidades únicas e ineludibles.
El peronismo en el espejo de la historia
El movimiento peronista ocupa un lugar complejo en esta narrativa. Fue víctima principal de la represión, albergó en su seno expresiones de violencia política previas al golpe y, posteriormente, fue protagonista clave en la reconstrucción democrática y en la implementación de políticas de memoria desde 2003. La discusión sobre qué facetas de esta historia se priorizan refleja también una pugna por la identidad del espacio político más grande del país.
Un presente que interpela al pasado
La disputa por la interpretación histórica no ocurre en un vacío. El gobierno que hoy propone una relectura del 24 de marzo enfrenta desafíos contemporáneos que condicionan su autoridad narrativa. Una economía con alta inflación, estancamiento del mercado interno y crecimiento del empleo informal se combinan con cuestionamientos éticos, como los casos que involucran a funcionarios en presuntas inconsistencias patrimoniales y operaciones con criptomonedas bajo investigación internacional.
Frente a esto, la masiva concurrencia a las marchas parece expresar, más allá de las diferencias, una defensa de ciertos pilares intransferibles: la democracia como valor irrenunciable, la ilegitimidad del golpe de Estado y la caracterización del terrorismo de Estado como crimen de lesa humanidad. La multitud del 24 de marzo recordó, una vez más, que existen hechos que no admiten relativismos y que constituyen un piso ético mínimo para la convivencia.
