Desde el 3 de marzo, alrededor de un millón y medio de estudiantes de escuelas primarias de la provincia de Buenos Aires asisten a clases sin celular en el aula, en aplicación de la ley 15.534. La norma se suma a regulaciones similares en la Ciudad de Buenos Aires, Neuquén, Salta, Tucumán, Catamarca y La Pampa. Datos de PISA 2022 y estudios sobre atención y aprendizaje activo aportan contexto a la medida.
Desde el 3 de marzo, alrededor de un millón y medio de chicos de las escuelas primarias de la provincia de Buenos Aires empezaron el año sin celular en el aula. La ley 15.534 se suma a las normas que ya rigen en la Ciudad de Buenos Aires, Neuquén, Salta, Tucumán, Catamarca y La Pampa. Siete jurisdicciones en cuatro años.
En las pruebas PISA 2022, el 54 % de los estudiantes argentinos de 15 años reconoció distraerse con sus propios dispositivos durante la clase de matemática: el porcentaje más alto entre los ochenta países evaluados. Otro 46 % dijo distraerse por los dispositivos de sus compañeros. En Japón esa cifra es del 5 %; en Corea del Sur, del 9 %.
La prohibición del celular en el aula elimina una distracción, pero no convierte automáticamente a la clase en algo que valga la pena atender, según señalan investigaciones sobre atención y educación.
Dos datos que se citan con frecuencia para sostener que la atención de los jóvenes se ha deteriorado son cuestionados por estudios académicos. El primero, que la atención humana cayó a ocho segundos, menos que la de un pez de colores, circula desde 2015 a partir de un informe de Microsoft Canadá. Sin embargo, Microsoft no lo midió: lo tomó de un sitio llamado Statistic Brain, cuyas fuentes nunca pudieron rastrearse. Investigadores de la atención como Edward Vogel sostienen lo contrario: la capacidad de atención se ha mantenido «notablemente estable a lo largo de las décadas».
El segundo dato, repetido en capacitaciones docentes, indica que los alumnos sostienen la atención entre diez y quince minutos. La revisión de Neil Bradbury publicada en Advances in Physiology Education rastreó esa cifra hasta un artículo de 1978 que revisaba investigaciones sobre toma de apuntes, no sobre atención. Los propios autores originales advertían que tomar notas no indica necesariamente que alguien esté atendiendo. Bradbury lo llama un mantra sin sustento. El mismo trabajo encontró que la mayor variabilidad en la atención de los alumnos no proviene del formato de la clase, sino de las diferencias entre un docente y otro.
Un meta-análisis publicado en la revista PNAS en 2014 reunió 225 estudios que comparaban clases expositivas tradicionales con formatos de aprendizaje activo en ciencias, ingeniería y matemática. Los alumnos que cursaron con clases expositivas tradicionales tuvieron un 55 % más de probabilidad de desaprobar o abandonar la materia. Los puntajes de examen mejoraron, en promedio, alrededor de un tercio de nota. Mismos alumnos, mismos contenidos, mismos docentes en muchos casos. Lo que cambió fue el diseño de la experiencia.
La investigadora Gloria Mark mide desde 2004 cuánto tiempo permanecen los adultos en una misma pantalla antes de cambiar: entonces eran dos minutos y medio; hoy el promedio es de unos 47 segundos.
Existe un debate sobre si organizar la escuela alrededor de lo que despierta interés forma adultos incapaces de sostener esfuerzos que no entusiasman. Quienes defienden la prohibición sostienen que la tolerancia al esfuerzo se entrena con la dificultad, no con el aburrimiento.
La prohibición del celular en el aula, según el análisis, es una resta: quita algo que competía por la atención de los chicos. Lo que ocurra después de esa resta es lo que realmente importa. Si al sacar el teléfono la clase mejora, el teléfono era el problema. Si al sacar el teléfono los chicos simplemente miran por la ventana, el teléfono era el escape, y el problema es otro.
