María Alonso sufrió un desmayo mientras pedaleaba en enero de 2023, sufrió un traumatismo encéfalo craneano severo y permaneció internada 33 días. Tras una larga rehabilitación, convirtió su experiencia en un proyecto para visibilizar la rehabilitación.
María Alonso estaba casada y era madre de dos hijos. Mantenía una rutina de actividad física que incluía correr 10 kilómetros al menos tres veces por semana y trasladarse en bicicleta. Desde hacía 15 años estaba al frente de una empresa web, donde coordinaba operaciones, área comercial y desarrollo de productos.
El sábado 21 de enero de 2023, cerca de las 18:30, regresaba a su casa en bicicleta por la calle 3 de Febrero tras buscar unos zapatos. A la altura de Virrey Loreto sufrió un desmayo repentino, perdió el control del rodado y cayó contra el asfalto. Una pareja que caminaba por la vereda la socorrió. Según los testimonios, Alonso abrió los ojos por un instante y pidió que la llevaran a su casa antes de perder el conocimiento.
Ingresó a un sanatorio en coma. Los médicos le diagnosticaron un traumatismo encéfalo craneano severo (TEC) y la intervinieron de urgencia en una cirugía que duró aproximadamente tres horas. Permaneció internada 33 días: los primeros 25 bajo coma farmacológico inducido y el resto en coma propio.
«No guardo un registro nítido de cuándo me apagué ni de cuándo volví a encenderme; solo conservo un collage difuso de imágenes, rostros imprecisos y preguntas que todavía no encuentran respuesta. En medio de esa niebla, donde el cuerpo no dolía, pero el alma flotaba en una calma anestesiada por la medicación, el único pensamiento firme fue mi mamá: ella también había caído en un coma del que jamás regresó, y sentí, con una certeza casi mágica, que se había quedado esperándome en esa penumbra para rescatarme y darme la fuerza que me faltaba», recuerda Alonso.
Tras 33 días, fue trasladada a la Clínica ALCLA, en el barrio de Núñez, especializada en neurorrehabilitación. Ingresó un jueves y permaneció en aislamiento preventivo durante 24 horas en cuidados intensivos hasta obtener los resultados de estudios infectológicos.
«Dos días después, en mi jornada 35 de internación y casualmente otro sábado, volví a conectar con el mundo. Una médica me evaluó con preguntas básicas sobre tiempo y espacio a las que no supe responder, y con delicadeza me explicó las secuelas motrices en mi lado izquierdo y el camino de rehabilitación cerebral que teníamos por delante. En ese mismo estado de vigilia me reencontré con mi marido y mis hijos: guardo en el alma el brillo de sus miradas conmovidas y esa sonrisa que, según me dijeron, les regalé antes de fundirnos en un abrazo», relata.
Durante su internación, un equipo interdisciplinario participó de la rehabilitación: un neurólogo diseñaba las etapas de recuperación y calibraba la medicación; Alejandro, fisiatra, trató el dolor del brazo izquierdo; Valeria, terapeuta ocupacional, trabajaba la motricidad fina y la orientación; kinesiólogos asistían la marcha y el equilibrio.
«Cruzar la puerta de mi casa fue como entrar a un verdadero palacio; sentí que recuperaba mi pequeño reino en el mundo. Volver a tener la intimidad de mi propio baño, mis cosas al alcance de la mano y el calor de mi espacio cotidiano me devolvió el alma al cuerpo. Tuvimos que adaptarlo todo con barandas firmes en la escalera y agarraderas en el baño para transformar cada rincón en un refugio seguro, porque aun habiendo dejado atrás el casco tras la replaquetización, el fantasma de una caída seguía latente. Sin embargo, entre esas paredes adaptadas con tanto amor, entendí que no eran limitaciones, sino los cimientos de mi nueva vida, el lugar exacto donde volvía a empezar».
En una entrevista, Alonso respondió sobre los aspectos más difíciles de la rehabilitación: «Tomar conciencia de mis discapacidades y descubrir lo largo y exigente del proceso. Una vez dada de alta me frustró la indicación de tener una segunda etapa que a pesar de haber sido ambulatoria, parecía como si hubiera sido un fiasco que me hubieran dado de alta. Se sentía mucha impotencia estar tan vulnerable y necesitar ayuda para tantas cosas. Tener que cuidar mis movimientos porque cualquier caída o golpe significaba riesgo de vida. Que todo deba ser bajo la supervisión y el cuidado de otros. La toma de medicamentos, la comida, los horarios, las actividades».
Sobre los primeros logros, señaló: «Recuperar conciencia y tener noción de donde estaba y con qué objetivo. Ir recuperando mi independencia y la máxima autonomía y normalidad posible». Respecto del acompañamiento familiar, afirmó: «Fue clave, fueron una red de contención tan firme que significó un cable para recuperar la alegría y el sentido. Especialmente me permitió conectarme con lo que fui antes y eso me dio fuerzas y el deseo de volver a serlo».
Durante su internación, su marido enviaba un mensaje diario a familiares y amigos con los avances. Meses después del alta, organizó una fiesta sorpresa en la que le entregó cajas con un libro impreso: Vuelta al mundo en 165 días, que recopila los textos que ella había escrito en digital.
Alonso continúa su rehabilitación ambulatoria en INECO, donde asiste dos veces por semana a sesiones de kinesiología, terapia ocupacional y neuropsicología. De esa experiencia surgió el proyecto REHABITAR, historias que laten, con el objetivo de visibilizar la rehabilitación.
Consultada sobre lo que aprendió, respondió: «Aprendí a ser paciente. Que recuperarse es un trabajo colectivo, donde participan muchos profesionales y pares como nosotros trabajando por recuperarse. Aprendí a esperar, ir de menos a más, el valor de estar sostenidos por el enorme trabajo de los enfermeros, médicos y la importancia de formar parte de una comunidad». Sobre su sueño, dijo: «Ya está cumplido. Estar bien, sana, despierta y poder compartirlo».
