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miércoles, 16 septiembre, 2026
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Cómo nació el emprendimiento de peonías de Tandil que se convirtió en atracción turística

En Flowery Hills, 20.000 peonías transforman durante unas pocas semanas un paisaje construido con paciencia, aprendizaje y más de una década de trabajo.

Las primeras peonías todavía duermen bajo tierra cuando el invierno cubre los cerros de Tandil. A simple vista, el campo parece inmóvil. Pero debajo del suelo, los rizomas acumulan el frío indispensable para que, unas semanas más tarde, cientos de flores desplieguen sus pétalos en una explosión de color que dura apenas un mes. En ese breve instante de primavera se concentran el trabajo, la paciencia y el sueño de más de una década de Lola Bravo y Cristián Bonadeo Miguens, creadores de Flowery Hills.

Ubicado en el paraje El Gallo, dentro del establecimiento La Rinconada, el emprendimiento nació mucho antes de que existiera la primera peonía. La idea de desarrollar un cultivo intensivo los acompañaba desde hacía años. En distintos momentos imaginaron frambuesas, frutillas o alguna otra flor, hasta que un encuentro inesperado cambió el rumbo.

Fue en 2010, mientras Cristián trabajaba en un establecimiento de Corrientes, cuando se encontró frente a una inmensa plantación de gladiolos. “Lo sentí con claridad: ‘Es por acá’”, recuerda. Aquel presentimiento comenzó a tomar forma en 2016, cuando decidieron buscar asesoramiento para convertir el sueño en un proyecto concreto. La respuesta llegó de manera contundente. Tras recorrer el campo, el ingeniero Marcelo Sasaki no dudó en señalar cuál era el cultivo indicado: “Acá, peonías”.

Poco después emprendieron viaje hacia Trevelin, en Chubut, para buscar los primeros 5.000 rizomas. Lo que parecía un simple traslado terminó siendo una verdadera prueba de resistencia. “Fuimos con un carro sin dimensionar la magnitud de lo que traíamos de regreso. Nos tocó enfrentar nieve, hielo sobre la ruta, roturas en el tráiler y viajar a apenas 40 kilómetros por hora durante un día y medio para poder llegar a plantar”, recuerda Cristián. Aquella travesía fue apenas el comienzo.

Las peonías son plantas que no admiten apuros. Necesitan inviernos rigurosos, con más de 750 horas por debajo de los 7°C, y exigen esperar varios años antes de ofrecer la primera cosecha. Pero justamente esa espera fue parte del aprendizaje. “La peonía nos permitía aprender mientras esperábamos. Como tarda un par de años en florecer, ese tiempo nos sirvió para formarnos en el oficio”, explica.

“Una vez a la semana viajamos a Buenos Aires con los pedidos coordinados y realizamos los repartos directamente. Nuestros destinatarios son florerías, decoradores, floristas y casas de familia”

Hoy Flowery Hills reúne unas 20.000 plantas distribuidas sobre 1,8 hectáreas, con nueve variedades de peonías de tipo herbáceo, entre ellas las clásicas ‘Sarah Bernhardt’, ‘Kansas’ y ‘Duchesse de Nemours’, además de otras incorporadas con el paso de los años e incluso importadas desde Holanda, como ‘Alertie’.

Desde agosto y hasta diciembre, la rutina cambia por completo. Cada jornada comienza temprano y todas las tareas se realizan de manera manual: controlar malezas, prevenir enfermedades, despimpollar las varas y recorrer el cultivo una y otra vez para observar cada planta. El trabajo sigue el ritmo de la naturaleza, no del calendario.

Flowery Hills también creció junto con sus creadores. Lo que en un principio fue pensado como un emprendimiento exclusivamente productivo, orientado a la exportación, fue transformándose poco a poco. En 2019 lograron enviar flores a Holanda, pero la pandemia y una posterior mudanza obligaron a desenterrar todos los rizomas, dividirlos y comenzar nuevamente. Mientras reconstruían el cultivo, empezó a suceder algo inesperado: cada vez más personas llegaban para conocer el campo.

“Empezó a acercarse gente sorprendida con lo que veía. Llegó un punto en que tuvimos que dedicar tiempo a recibir visitantes y el proyecto empezó a transformarse en un emprendimiento turístico”, cuentan. Esa nueva dimensión dio origen a un sueño todavía más ambicioso: crear un parque botánico de cuatro hectáreas donde las peonías sean apenas una parte de una experiencia mucho más amplia. Allí ya comenzó a tomar forma el “Rincón Patagónico”, un homenaje al sur argentino donde conviven alerces, coihues, arrayanes, notros y otras especies que evocan los bosques andinos.

Una vez seleccionada y cortada la flor, se traslada rápidamente a una cámara de frío donde se conserva a 1°C para detener su proceso de apertura. Una flor con hasta 15 días de cámara dura entre 7 y 10 días en florero

El proyecto también contempla una casa de té y un espacio de usos múltiples para que el paisaje pueda disfrutarse durante todo el año, incluso cuando las peonías ya hayan terminado de florecer. “Sabemos que llevará tiempo verlo como lo imaginamos porque la naturaleza tiene sus propios ritmos. Pero pensamos en un legado para nuestros hijos, nuestros nietos y para toda la comunidad de Tandil”, afirma Cristián.

Cada primavera, entre mediados de octubre y mediados de noviembre, las tranqueras de Flowery Hills se abren para recibir visitantes. Después llegan las lavandas, los rosales, las dalias, los rododendros y las amapolas, prolongando la temporada de flores y confirmando que este rincón de Tandil dejó de ser solamente un cultivo. Es un paisaje construido con paciencia, donde cada primavera recuerda que algunas de las mejores historias, como las peonías, necesitan varios inviernos antes de florecer.

Créditos fotos: gentileza Paz Ruiz Luque, Wenceslao Hollmann y Flowery Hills

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