El pianista húngaro Sir András Schiff se presentará el lunes 14 en el Teatro Colón para el Mozarteum Argentino. En respuestas enviadas por escrito, el intérprete explicó su decisión de no anunciar el programa con antelación, su relación con el silencio y su postura sobre la escucha en la era digital.
El pianista húngaro Sir András Schiff se presentará el lunes 14 en el Teatro Colón para el Mozarteum Argentino. Nacido en Budapest en 1953, Schiff es caballero del Imperio Británico, ganador de un Grammy y reconocido por sus interpretaciones de Bach, Mozart y Schubert. El músico no concede entrevistas al paso y, para esta ocasión, aceptó responder preguntas por escrito, enviadas en mensajes desde su teléfono celular.
Schiff anunció en 2012 que no volvería a tocar en su Hungría natal mientras el gobierno de Viktor Orbán mantuviera su deriva autoritaria. En la entrevista, el pianista afirmó que los acontecimientos políticos recientes han hecho posible su regreso y que está encantado por ello.
El intérprete decidió eliminar los protocolos del concierto tradicional: ya no anuncia qué va a tocar antes de subir al escenario. En su lugar, toma el micrófono, mira al público y decide en el momento qué pieza interpretar.
—¿Por qué sintió la necesidad de romper con la tradición del programa impreso? ¿Cómo construye en tiempo real el hilo conductor de la noche?
—Tener que entregar un programa con anticipación —a veces con un año o dos de antelación— es una carga insoportable. Con mi nuevo concepto me siento mucho más libre, y hablar con el público me da la oportunidad de crear un contacto directo con ellos, de derribar muros y barreras. Siempre hay una narrativa en mis conciertos; las piezas jamás se eligen al azar, están conectadas musical, tonal y espiritualmente.
—Viajar por el mundo para tocar piano suele implicar una relación compleja con el instrumento que se encuentra en cada sala. ¿Tocará con su propio piano en esta gira?
—No, esta vez no. Es muy difícil traer un piano a Sudamérica desde Europa. Así que aquí toco con instrumentos locales, pero me acompaña mi técnico personal de pianos, Ulrich Gerhartz, de Londres. Es excelente y conoce exactamente mis gustos y preferencias.
—A sus 70 años, habiendo grabado y llevado a la escena prácticamente todo el gran repertorio universal, ¿qué busca hoy al sentarse frente al teclado que no buscaba cuando tenía 20 años?
—Estoy reduciendo conscientemente mi repertorio a lo esencial, a aquellas obras que más amo. Y, sin embargo, todos los días encuentro algo nuevo en ellas. Mi relación con el instrumento no ha cambiado con el tiempo; solo ha madurado.
—Hay una célebre frase atribuida a Debussy: «La música no está en las notas, sino en el silencio entre ellas». ¿El silencio es una parte activa de su técnica al piano?
—El silencio es la cosa más hermosa del mundo. Y cada vez es más difícil de encontrar. El mundo se ha convertido en un lugar terriblemente ruidoso.
—Vivimos en una época hipertecnológica donde todo tiende a la inmediatez. Por otro lado, la tecnología tiende a homogeneizar tanto el sonido como el ritmo de la vida cotidiana. ¿Cree que el contacto directo con un instrumento acústico y la física real de una sala de conciertos ofrecen hoy una sensación inigualable de presencia y verdad, más necesaria que nunca?
—Sí, absolutamente. Nuestro mundo se ha digitalizado por completo y con la IA esto solo va a empeorar mucho más. Por lo tanto, debemos atesorar y proteger aquellas cosas que son únicas, que no se pueden imitar ni descargar.
—¿El público de hoy ha olvidado cómo escuchar?
—No deberíamos generalizar, pero es cierto que la mayoría de la gente hoy viene a ver un concierto en lugar de a escucharlo. La música no es un arte visual, podés apreciarla con los ojos cerrados. Las grabaciones y la tecnología digital han influido en los hábitos de escucha de la gente; a través de ellas se espera una cierta perfección clínica que deshumaniza nuestro arte. Los oyentes no son lo suficientemente sensibles a los detalles, los matices y las sutilezas dinámicas.
—Usted es un artista profundamente marcado por sus orígenes. ¿Qué legado de su Hungría natal y de su formación temprana permanece profundamente presente en su música?
—Mi educación musical en Hungría fue excelente y le estoy eternamente agradecido. No se limitó sólo al entrenamiento instrumental, sino que siempre hubo música de cámara y una base muy sólida en teoría, armonía, contrapunto y composición. Los acontecimientos políticos recientes han hecho posible mi regreso y estoy encantado por ello.
—Muchas personas sienten que la música clásica está reservada para eruditos o para una élite acomodada. ¿Qué le diría a alguien que jamás escuchó una sonata de Beethoven o de Schubert y se siente intimidado por la idea de entrar a una sala de conciertos como la del Colón?
—Si élite significa excelencia, entonces estoy orgulloso de ser elitista. No podés agarrar una gran botella de vino y diluirla con agua para que más gente pueda tomarla. Estoy convencido de que una persona sensible de un origen muy humilde puede apreciar a Beethoven aunque no lo entienda teóricamente. Por otro lado, hay personas con múltiples doctorados que escuchan a Beethoven y no sienten absolutamente nada porque tienen el corazón hecho de piedra. La educación es esencial: la intuición combinada con el conocimiento y la empatía.
—¿Qué recuerdos conserva de su primera presentación en el Teatro Colón de Buenos Aires?
—Mi primera impresión fue abrumadora. Por supuesto que el Colón es una leyenda, pero en persona es mucho más que eso. Recuerdo que Daniel Barenboim estaba aquí y, justo antes de que yo entrara al escenario, abrió el telón para mí.
