21.1 C
Buenos Aires
jueves, 30 abril, 2026
InicioSin categoríaEl "quijote polar": fue oficial de la Armada, sintió el llamado antártico...

El «quijote polar»: fue oficial de la Armada, sintió el llamado antártico y hoy defiende el silencio urgente de pingüinos y ballenas

Fernando Tarapow, ex capitán de la Armada Argentina, relata su transformación de militar a ambientalista antártico, impulsado por el impacto del cambio climático en el ecosistema polar.

“Nunca imaginé que me convertiría en un ambientalista antártico. Pero una vez que escuchás ese llamado, ya no podés mirar para otro lado. Cuando me preguntan cómo entenderlo, siempre digo lo mismo: ‘andá a la Antártida, contempla en silencio y cuando escuches al silencio gritar, ahí me vas a entender’”. La primera vez que Fernando Tarapow pisó la Antártida, no era el hombre que es hoy. Era un joven capitán de corbeta de la Armada Argentina, con apenas 40 años, una carrera prometedora por delante y el corazón partido entre el deber y su familia. Estaba casado, con dos hijos chiquitos que lo esperaban en casa: Nikolay, de 3 años, y Ekaterina, de solo 1. Pensaba en ellos a cada instante. Cada decisión, cada navegación, cada ausencia larga, llevaba grabados sus nombres, como un recordatorio tierno y doloroso de lo que dejaba atrás.

“Mi vida estaba profundamente marcada por la vocación de servicio. Venía de una familia de marinos: mi padre y mis dos hermanos mayores lo eran y aunque en algún momento sentí el llamado de otro camino, fue la guerra de las Malvinas la que terminó de inclinar definitivamente mi destino hacia el mar. Ahí encontré mi lugar o eso creía. Mi horizonte era claro: seguir en la Armada, crecer, cumplir, servir. Pero la Antártida tenía otros planes para mí. Porque hay lugares que no solo se visitan, hay lugares que te transforman”, dice.

En su primer viaje a la Antártida, Fernando no fue turista ni guía, sino capitán al mando del Buque Oceanográfico ARA “Puerto Deseado” durante la Campaña de Verano 2006-2007. Todo empezó en el temido Pasaje de Drake, donde enfrentaron uno de los mares más desafiantes del mundo. Su misión principal fue realizar batimetría para la COPLA, determinando el FOS 48 en el espolón de Tierra del Fuego, un hito que años después amplió los derechos soberanos argentinos sobre 2.500 km² de plataforma continental, reflejado en la Ley 27.557 de 2020. Además de las tareas científicas, brindaron apoyo logístico a las bases antárticas y acompañaron a los investigadores a bordo.

En ese momento, como estudiante de Derecho, no imaginaba el alcance de lo que vivían. Con los años, esa travesía unió sus mundos: se recibió de abogado, se convirtió en profesor universitario de Derecho del Mar en la UBA y otras instituciones, enseñando precisamente sobre la plataforma continental. Su vida como marino y jurista no eran caminos separados, sino una sola ruta.

Lo primero que le impactó, cuenta, fue la sensación de entrar a otro mundo: una mañana soleada con viento, al visualizar las islas Shetland del Sur cubiertas de nieve. Sintió, de forma física y emocional, que cruzaba un umbral, dejando atrás lo conocido —algo que ningún viaje previo, por bello que fuera, le había provocado—. La Antártida no competía en belleza; le cambiaba la escala de todo. “En ese primer contacto entendí —sin poder explicarlo del todo en ese momento— por qué los grandes expedicionarios de la llamada Era Heroica volvían una y otra vez, a pesar de lo inhóspito. Hay algo en ese lugar que te atrae, que te interpela que, de alguna manera, te hace sentir en casa. Lo que más me llamó la atención fue esa combinación única: inmensidad y silencio, desafío y paz, vacío y plenitud al mismo tiempo y también una intuición muy fuerte: que ese no era un viaje más”.

El primer viaje de Fernando Tarapow a la Antártida, en 2007, no se definió por la contemplación, sino por la responsabilidad absoluta. Durante 60 días y noches al mando del buque en el lugar más inhóspito del planeta, cada decisión adquiría un peso inmenso. Su vínculo con la naturaleza fue de respeto puro; no había margen para detenerse a observar pingüinos o ballenas. Pero el último día, al partir, sintió algo extraño, como olvidar un equipaje esencial en el aeropuerto. No identificó qué era, pero supo que debía volver. Ese viaje lo marcó no solo por su crudeza, sino porque transformó el deber en una promesa personal que, con el tiempo, lo llevaría a regresar como guía de expediciones.

“Pasaron 15 años. Me hice abogado, profesor de Derecho Antártico en la UBA, y por fin volví, pero esta vez como guía de expedición. Todo cambió: ya no observaba desde la responsabilidad, sino que sentía una conexión total con ese mundo blanco. Paisajes de ensueño, encuentros mágicos con pingüinos y ballenas… parecía perfecto. Pero en uno de esos viajes, en plena euforia, volvió esa inquietud: algo no cuadraba. Esa noche no pegué ojo, hasta que lo vi claro. Mientras yo me iba con el corazón lleno, ellos —el ecosistema entero que me hacía vibrar— se quedaban solos, enfrentando amenazas que el mundo ignora. Fue un golpe al alma”, recuerda, con mucha emoción.

El calentamiento global desató en Fernando lo que él llama el “llamado antártico”: no una voz humana, sino un sentir profundo que lo llevó de observar a conectar de verdad con el continente. Sintió el impacto en el krill, las cadenas alimentarias y cada especie en ese equilibrio frágil; al ponerse en su lugar, surgió una mezcla de injusticia, urgencia y responsabilidad que hoy lo impulsa a defender el silencio y la vida de pingüinos y ballenas.

Más noticias
Noticias Relacionadas