El presidente Javier Milei y el ministro de Economía Luis Caputo prometieron que la inflación mensual comenzaría agosto con un cero adelante. El dato de marzo —3,4% según el INDEC— no solo no los acerca a esa meta: los aleja, erosionando la credibilidad del equipo económico.
El presidente Javier Milei y el ministro de Economía Luis Caputo prometieron, con la misma certeza con que anunciaron el superávit fiscal, que la inflación mensual comenzaría agosto con un cero adelante. El dato de marzo —3,4% según el INDEC— no sólo no los acerca a esa meta: los aleja de ella con una velocidad que incomoda al equipo económico y que empieza a erosionar una credibilidad construida con paciencia durante la primera mitad de la gestión.
El número de abril, que se publicará en las próximas semanas, será probablemente inferior al de marzo. «Abril va a ser algo inferior, entre 2,7 y 2,8%», estimó Jorge Colina, presidente del Instituto para el Desarrollo Social Argentino (Idesa), en diálogo con este medio. Pero esa leve mejora no alcanza para hablar de un proceso de desinflación consolidado.
La pregunta que se instala entre los economistas es más profunda: ¿puede la Argentina perforar el 2% mensual con los instrumentos que está usando el gobierno?
La inercia que resiste
Para Colina, la dificultad no es un accidente ni un problema coyuntural: es una característica estructural de cómo funciona la inflación en la Argentina. «Cuando baja el precio de los bienes, la gente empieza a recuperar su remuneración para compensar lo perdido atrás. Ese aumento de salario mueve los precios relativos, incluso de los bienes», explicó el economista.
El fenómeno es conocido en la literatura económica como inercia inflacionaria: los precios de servicios —plomeros, peluqueros, alquileres, líneas de colectivo— no siguen el mismo ritmo descendente que los bienes transables porque tienen un alto componente salarial. Son justamente los que más se ven en la vida cotidiana y los que generan la percepción de que «todo sigue caro». «Eso también hace aumentar el nivel de precios de los consumidores», señaló Colina.
Gastón Utrera, economista de la consultora Economic Trends, profundiza el argumento. Para Utrera, la teoría monetarista que guía al gobierno —según la cual controlar la cantidad de dinero es condición suficiente para bajar la inflación— no alcanza para explicar la dinámica argentina.
«Cuando la inflación es alta, se activan otros procesos que no son de índole monetaria. Los salarios suben porque subieron los precios, pero después los precios suben porque subieron los salarios», sostuvo el economista en un encuentro reciente con empresarios. En ese momento, según su diagnóstico, «el camino de regreso de la alta inflación es distinto del camino de ida».
Tres variables que no ceden
Utrera ofrece un marco analítico que ayuda a entender por qué la inflación se resiste. La economía tiene tres grandes conjuntos de precios: los bienes transables (atados al tipo de cambio), los no transables o servicios (atados a los salarios) y los regulados (que dependen de decisiones de política económica). Para que la inflación baje de manera sostenida, los tres tienen que desacelerarse al mismo tiempo.
El problema es que ninguno de los tres está cediendo lo suficiente. Desde enero de 2025, el tipo de cambio subió en promedio un 2,1% mensual —una vez liberado el cepo y renegociado el acuerdo con el FMI, el dólar oficial se mueve con mayor volatilidad—, los salarios crecen a un ritmo similar empujados por paritarias que se homologan en torno al 2% mensual, y los precios regulados siguen subiendo porque el Estado no tiene margen fiscal para subsidiarlos.
«Conteniendo la cantidad de dinero, si esos tres están subiendo por arriba del 2%, no puede tener una inflación por debajo del 2%», sintetizó Utrera. Su cálculo es contundente: si abril da 2,5% y el resto del año promedia el 2%, la inflación acumulada de 2026 superará el 32% interanual, más que los 31,5 puntos de 2025. A la vuelta de un año electoral, eso tiene implicancias políticas que ningún funcionario del equipo económico quiere mencionar en voz alta.
El problema de la credibilidad
Más allá de los fundamentos técnicos, hay un factor que complica el panorama: la credibilidad del equipo económico se deterioró. Durante 2024, Caputo anunciaba metas y las cumplía. Eso le daba un activo formidable: podía gestionar expectativas con sus palabras. Hoy ese capital está desgastado.
«Caputo durante un año tenía mucha credibilidad, ganada, construida por el hecho de anunciar cosas que iban a ocurrir como consecuencia de sus políticas que después ocurrieron. Ahora está corriendo de atrás con los problemas», señaló Utrera.
La promesa de inflación de un dígito bajo para agosto —repetida por el propio Milei y por Caputo— es el ejemplo más claro. No sólo no se cumplirá: el mercado ya ni siquiera la toma como referencia. El Relevamiento de Expectativas del Mercado (REM) que publica el Banco Central proyecta una inflación de entre el 28% y el 29% para diciembre contra diciembre. Eso, según los analistas consultados, podría quedarse corto. Si los próximos meses promedian el 2,5%, el acumulado anual trepará hacia el 32 o 33%.
Colina también advierte sobre el manejo de las expectativas. «Hay un juego de expectativas que se está desajustando. Cuando la gente espera que los precios suban, actúa en consecuencia, y eso termina generando la suba que temía», concluyó.
