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domingo, 31 agosto, 2025
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No tirar al niño con el agua de la bañera

La confianza en el mercado, el rechazo al intervencionismo estatal y la cultura del esfuerzo personal, propios del liberalismo económico, se contraponen con los valores históricos del peronismo estatista, proteccionista y prebendario. En los últimos 80 años no hubo ningún presidente genuinamente liberal y solo algunos recurrieron, para superar crisis heredadas, a ministros que intentaron aplicar reglas de estabilidad fiscal, con algo de libre mercado y un poco de apertura económica, sin éxito. Sus planes fracasaron por falta de apoyo político para ir a fondo con reformas estructurales. La mayoría solo intentó equilibrar las cuentas públicas y los menos, hacer cambios profundos, salvo durante la convertibilidad.

Así pasaron Alfredo Gómez Morales (1952-55), Álvaro Alsogaray (1962), Adalbert Krieger Vasena (1967-69), José Alfredo Martínez de Hoz (1976-81), Roberto Alemann (1982), Juan Sourrouille (1985-89), Domingo Cavallo (1991-96), Alfonso Prat Gay (2015-16) y Nicolás Dujovne (2017-19). Todos estuvieron expuestos a presiones para atenuar el impacto de sus medidas sobre la opinión pública. Las encuestas ganaron y el país se hundió con más ajustes y devaluaciones. Un argentino de 50 años soportó seis crisis con impacto institucional (1975, 1982, 1989, 1990, 2001) y cuatro coyunturales (1995, 2009, 2018 y 2023). No conoció la normalidad del trabajo formal, el orden familiar, ni pudo planear para el futuro.

En el “Origen de las Especies” (1859), Charles Darwin explicó que variaciones genéticas en el proceso de evolución dan lugar a mejoras de adaptación al medio favoreciendo la supervivencia de la descendencia. Si Darwin hubiese vuelto a la Argentina en 2023 (como en 1833) habría observado una curiosa mutación del liberalismo tradicional ya que, con el triunfo de Javier Milei, se separó de aquel linaje histórico una versión muy diferente que, por sus inusuales características, logró lo que aquellos nunca habían alcanzado: el acceso a la presidencia mediante el voto popular.

Esta variación inesperada, al incluir elementos exóticos que contrarían el estilo, los modales y hasta principios republicanos, provocó una disgregación del campo liberal con diferentes liderazgos que proponen políticas económicas similares, pero con una oferta institucional más acorde a su tradición. Esa dispersión agravó la soledad de un presidente que, entre otras excentricidades, pretendió imponer una ortodoxia vertical echando a funcionarios correctos por no responder a su hermana, ofendiendo a quienes desearon ayudarlo y agraviando a periodistas sin razón. Esa presunta superioridad moral, sin embargo, es un arma de doble filo ante cualquier sospecha de manejos indebidos, como ocurre ahora.

Sin embargo, no debe olvidarse el contexto en que ocurrió esa mutación genética. Milei fue elegido en medio de una crisis terminal con inflación del 211% anual, déficit primario del 3% del PBI, reservas negativas, brecha cambiaria del 160%, riesgo país de 2400 puntos y su corolario: 50% de pobreza, 10% de indigencia, destrucción del empleo regular y desfinanciación del sistema jubilatorio. Al no ser ministro de Economía, sino presidente de la Nación, pudo enfrentar esas calamidades con toda la decisión política que en los 80 años anteriores no existió. En solo 20 meses pudo bajar la inflación -aun liberando el cepo cambiario- mediante el freno al gasto público, el equilibrio fiscal y la no emisión de moneda, pero sin lograr las reformas estructurales para garantizar su perdurabilidad por falta de mayorías parlamentarias.


Es el gobierno nacional, empezando por el titular del Poder Ejecutivo, el que debe ofrecer respuestas claras frente a las dudas que carcomen a no pocos argentinos


Esta tensión se hizo visible al debatirse medidas con impacto fiscal, como los haberes jubilatorios, la emergencia en discapacidad, los recursos del Hospital Garrahan, el sistema de residencias, los presupuestos universitarios, los fondos a las provincias o la eliminación de distintas autarquías. La oposición, en lugar de utilizar su vehemencia para proponer drásticas reducciones en la estructura estatal, optó por el camino más fácil de aumentar el gasto por encima del existente. La misma actitud que bloqueó cambios durante las ocho décadas anteriores.

Se suele calificar como derrotas “del Gobierno” lo ocurrido en el Congreso de la Nación, sin advertir que han sido reveses que afectarán al país en su conjunto, atenta la fragilidad de la coyuntura. Tanto el kirchnerismo como los legisladores que priorizan sus trayectorias personales, parecen creer que la estabilidad está consolidada y que el déficit cero “no puede ser a cualquier costo”. No tienen idea de que la economía –por ende, el bienestar de aquellos a quienes desean proteger– funciona sobre la base de expectativas. Y que, en crisis de confianza, lo relevante no es el costo fiscal de cada medida, sino la señal que sus votos implican respecto del compromiso por preservar la estabilidad. Un poco de droga, un poco de alcohol o un poco de emisión, no deben ser tolerados en un tratamiento de adicciones. Sobre todo, cuando el enfermo registra el riesgo país más alto de Latinoamérica, solo superado por Bolivia, gracias a sus nueve defaults, dos hiperinflaciones, el incumplimiento de contratos y 50 juicios ante el Ciadi. Es crucial construir una reputación inexistente para sobrevivir como nación soberana.

La mejor prueba de esa fragilidad ha sido el reciente escándalo acerca de supuestos pagos de coimas por droguerías proveedoras de la Agencia Nacional de Discapacidad (Andis). En tiempos normales, esas filtraciones no hubiesen tenido impacto sobre los mercados. Sin embargo, como los hechos podrían involucrar a la secretaria general de la Presidencia, Karina Milei, y por tanto, afectar a su hermano, el riesgo país se disparó por encima de los 850 puntos y los activos argentinos se desplomaron. Ello indica que los inversores perciben que el programa económico está ligado a la permanencia individual de Javier Milei en el poder a pesar de su estilo, sus desplantes y sus extravagancias, pues fue el único que supo dar respuesta al ánimo mayoritario durante la crisis de 2023, manteniendo luego el apoyo de la gente a pesar del ajuste.

Esa ligazón con una sola persona también refleja la ausencia de un cambio cultural que asegure la continuidad del ideario liberal a partir de nuevas ideas y creencias de la población. En otras palabras, no parece haber ningún espacio alternativo entre las filas del liberalismo económico con suficiente apoyo popular para sucederlo. Como fruto de una mutación impensada, solo Milei parece ser el único antídoto contra el regreso del peronismo, tan conflictivo y dañino hoy, como hace dos años.

Ello plantea una difícil disyuntiva para quienes no quieren volver al pasado, pero tampoco desean apoyar a Milei. Sin embargo, en la historia universal muchos estadistas han superado dilemas similares privilegiando objetivos de largo plazo por sobre diferencias inmediatas. Es el gobierno nacional, empezando por el titular del Poder Ejecutivo, el que debe ofrecer respuestas claras frente a las dudas que hoy carcomen a no pocos argentinos. Solo así logrará que quienes priorizan la estabilidad fiscal, la solidez de la moneda, la creación de empleo y la erradicación de la pobreza apuesten a tejer una red de seguridad que garantice la continuidad del programa en curso, de forma independiente a las críticas que tengan hacia Milei o de sus avatares judiciales. Sin dejar de bregar por la necesidad de que se esclarezca cualquier sospecha de corrupción y de que el Gobierno se desprenda de todo aquel funcionario que pueda estar inmiscuido en actos irregulares.

Pronunciar discursos emotivos para fortalecer sus carreras políticas y luego votar contra la estabilidad, solo aumentan la desconfianza y demoran la reactivación, sin provecho para nadie. Evocando un aforismo inglés, “no se debe tirar al bebé junto al agua de su baño” (“don’t throw out the baby with the bath water”). No se debería perjudicar la precaria -pero valiosísima- estabilidad que hemos logrado, por alergia a Milei y a su triángulo de hierro. Solo se debe recordar lo ocurrido durante los últimos 80 años.

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