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domingo, 31 agosto, 2025
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Cómo perder las elecciones

En octubre todos van a perder las elecciones. Va a darse una explosión que demolerá la vieja política, que incluye ahora al mileísmo. Tanto los líderes del Gobierno como de la oposición, cuando intentan promover a sus candidatos favorecen a sus adversarios. En las encuestas todos los políticos argentinos tienen un saldo de imagen negativo, en algunos casos enorme, y cuando apoyan a alguien ahuyentan a los electores. Lo que crece todos los días es el espacio que llevó al poder a Milei: el rechazo a todos los políticos, la necesidad de que aparezca algo nuevo.

El triunfo de Javier Milei expresó la reacción de muchos argentinos en contra de la política tradicional. Quienes le ayudaron a construir esta alternativa fueron dirigentes como Ramiro Marra, Diana Mondino, el Presto y tantos otros que creían que es necesario acabar con la “patria contratista”, con políticos que se enriquecen haciendo contratos con el Estado, a los que llamaban “la casta”. El mensaje entusiasmó a muchos jóvenes, que se convirtieron en la base principal del proyecto, y también a periodistas y otros personajes que combaten la corrupción.

Milei fracasó cuando pretendió armar un aparato semejante al de los partidos tradicionales, candidateando a políticos locales en provincias como Tucumán y La Rioja. Después obtuvo un importante triunfo cuando no tuvo esos apoyos. Su fuerza ha sido ofrecer lo nuevo, no armar redes tradicionales de política con políticos que se suman cuando llega el poder. Milei ha sido un dirigente distinto, dueño de los votos sin intermediarios, y las redes su instrumento privilegiado de comunicación.

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La tensión entre el cambio que ofreció y la política tradicional terminó desplazando a los libertarios, coincidiendo con un cambio en las actitudes de Milei, que puede deberse a un cambio de estrategia o al desarrollo del síndrome de Hubrys que suele alterar a los mandatarios.

En Argentina muchos explican la política como algo que depende simplemente de la situación de la economía. Suponen que, para saber lo que ocurrirá en las eleciones de octubre, hay que calcular si la inflación se incrementará para que gane el peronismo, o bajará otorgando el triunfo al mileísmo, pero los seres humanos son más complejos que una planilla de Excel.

En más de cuarenta años dedicado al estudio de la política, he sido testigo de que más bien la política ha sido la que ha movido a la economía. No sé lo que pasará con la economía en octubre, pero sé que, si el Gobierno sufre una derrota, especialmente en la provincia de Buenos Aires, la economía va atener serios problemas. Vi lo que ocurrió en 2019 con las PASO, cuando el triunfo de Alberto Fernández dinamitó la economía.

Existe una interacción entre política y economía, pero ninguna determina a la otra. Las elecciones y la popularidad de un gobierno se definen finalmente por elementos que estudian la comunicación política y las ciencias del comportamiento, que se han desarrollado mucho en los últimos años, proporcionando herramientas de análisis que antes no existían.

La convivencia de una comunicación rupturista, que ha sido desplazada de LLAC, y la política tradicional que la ha coptado provocó que se vaya apagando el entusiasmo de bastantes seguidores de Milei. ¿Esto significa que se derrumba en las encuestas? ¿Que perderá las elecciones dentro de una semana? No necesariamente, pero sí que ha llegado a su ocaso. A menos que retome su estrategia moderna, el daño será definitivo. La gente buscará otra alternativa de cambio.

Milei fracasó cuando pretendió armar un aparato semejante al de los partidos tradicionales, candidateando a políticos locales en provincias como Tucumán y La Rioja

En la crisis de los medicamentos los políticos del Gobierno están desconcertados, improvisan, hacen lo contrario de lo que aconseja la técnica para enfrentar estos problemas. Los mismos dirigentes que hacen la campaña, gobiernan y manejan la crisis. Los errores se multiplican en todas las áreas y realimentan los problemas.

El prolongado silencio después de la aparición de los audios de Spagnuolo ha sido suicida porque proyectó una imagen de desconcierto y miedo. Hacer en esas circunstancias una caravana en Lomas de Zamora era imprudente, peor si un presidente totalmente expuesto se dedicaba a intercambiar insultos con la gente. No tomaron los recaudos elementales de cualquier campaña política o de la seguridad presidencial cuando se recorre un sitio conflictivo: mandar avanzadas que retiren escombros o elementos que puedan usarse para agredir a las autoridades. Tampoco tuvieron un plan de contingencia adecuado para abandonar el lugar sin hacer el ridículo, con su principal candidato trepado a una moto, en una escena digna de Mujeres al borde de un ataque de nervios, de Almodóvar. Simbólicamente, son escenas que afectan al electorado en vísperas de las elecciones: ver que sus principales líderes salen corriendo porque les tiran una piedra. El optimismo, que suele ser útil al culminar la campaña, queda herido.

El proyecto mileísta quedará herido de muerte si elige como sus nuevos líderes a políticos que representan todo lo contrario de lo que motivó su aparición. La demanda de cambio está en todos lados, se agudiza, se expresa en una abstención masiva que, si se incrementa, puede producir en octubre una derrota para el Gobierno.

En la otra vereda está la oposición peronista, que afronta la crisis propia de los partidos aparatistas, que se están disolviendo en la región. Como los demás sindicatos latinoamericanos, la CGT y la dirigencia de otras instituciones afrontan el mismo desafío de los partidos: reinventarse o morir. El tiempo ha pasado y el peronismo pop de hace veinte años, que parecía novedoso, con jóvenes que se decían revolucionarios y que mantenían un discurso novedoso, está prematuramente viejo y desangelado. Cuando Máximo o Cristina atacan a Milei, le lanzan el último salvavidas de que dispone: poder decir que es una alternativa frente al kirchnerismo. Gracias a esa polarización retiene votos que lo apoyan cada vez con más desgano. Hay quienes prefieren votar por Karina y no por Cristina.

El PRO, que fue el eje de Cambiemos, construyó un espacio en el que confluyeron argentinos republicanos que pretendían armar una alternativa frente al peronismo. Estratégicamente, tenía que ser así, en un país en el que Cristina ganó la presidencia en 2007 y en 2011, dejando en segundo lugar a partidos progresistas, el PRO solo podía crecer como convocante de esos sectores heterogéneos. Desde 2019 perdió su estrategia, Macri declaró su admiración por Milei, quiso armar la bancada libertaria de la tercera edad, y los escombros del PRO fueron devorados por LLAC, que actuó con prepotencia humillando a Macri y enojando a los adherentes de Cambiemos, alejándolos de su proyecto.

Todos los otros grupos y partidos políticos casi han desaparecido. Más de la mitad de los argentinos se resiste a votar por el kirchnerismo o por la Libertad Avanza enmohecida. Las ilusiones frustradas de quienes fueron sus militantes alimentan la demanda de un nuevo cambio.

El Gobierno está más interesado en buscar a quien hizo trascender el escándalo de las medicinas a la prensa que en aclarar lo que la gente quiere saber: si es o no verdad que la corrupción ha llegado a la cúpula del poder. Dice que hay una conspiración, pero la verdad es que se produce un linchamiento generalizado, del que participan sus adversarios, algunos desencantados y una mayoría de argentinos que ha retomado el lema de “que se vayan todos”.

Los escándalos por las coimas no mueven inmediatamente los números de las encuestas, y menos las simulaciones electorales. Necesitan tiempo para ser asimilados por la opinión pública, pero producen un malestar que se expresará el día de la elección, provocando cambios importantes, como ocurrió en Perú, Colombia, Ecuador, Bolivia y Argentina en sus últimas elecciones presidenciales.

En octubre, aunque alguno sacará más votos que el otro, perderán el Gobierno y la oposición. Quedará abierto un enorme espacio para que en 2027 triunfe una nueva alternativa.

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