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«Enshittification»: el mundo es una porquería, ya lo dijo Discépolo y ahora el Financial Times

Lo explicó muy bien un reciente artículo que el profesor canadiense británico Cory Doctorow publicó en el Financial Times. ¿Quién cuernos es Doctorow? El lector, la lectora debería saberlo porque el hombre viene luchando desde hace tiempo por su derecho a la privacidad. Asesor de la Electronic Frontier Foundation, una organización que defiende los derechos civiles en internet, Doctorow es también un talentoso escritor y, por si fuera poco, acuñó una palabra nueva que fue un golazo. 

El término es enshittification, que en español se suele traducir como «mierdificación», una variante procaz de la más académica «decadencia de plataformas» (platform decay, en inglés). En un artículo para el portal Pluralistic.net, publicado en enero del 2023 y referente al caso de TikTok, Doctorow dijo que este derivativo del omnipresente calificativo shit describe, precisamente, el proceso de las grandes plataformas de internet, desde brillantes novedades que nos proveen utilidad y/o placer a sitios de mierda que, una vez que nos engancharon, nos hacen cada día más miserables. 

Es, por supuesto, también un concepto económico. En Pluralistic, Doctorow escribió que «así es como mueren las plataformas» de internet: «primero, son buenas con sus usuarios; luego abusan de sus usuarios para mejorar las cosas para sus clientes comerciales; finalmente, abusan de esos clientes comerciales para recuperar todo el valor para ellos mismos. Luego, mueren».

Con ese perfecto resumen, enshittification se hizo tremendamente popular y hasta fue elegida palabra del año por la American Dialect Society. Ahora, en la nota en el Financial Times de principios de febrero, el investigador fue un poco más allá y afirmó que la «mierdificación» viene a quedarse con «absolutamente todo»

Internet, apuntó, «no es más importante que la emergencia climática, la justicia de género, la justicia racial, el genocidio o la desigualdad». Pero, remarcó, «es el terreno en el que libraremos esas luchas, por lo que, «sin una internet libre, justa y abierta, la lucha está perdida antes de que empiece».

En su largo artículo, tomado de una conferencia que brindó el mes pasado en la embajada de Canadá en Alemania, Doctorow profundizó el concepto que había desarrollado en Pluralistic. Básicamente delineó los cuatro diques que venían conteniendo la voracidad de estas plataformas que, a su juicio, se están convirtiendo en basura (otra posible acepción de shit, en este caso): la competencia entre empresas, la regulación por parte de estados y organizaciones supranacionales, la autoayuda -es decir, las herramientas con las que los propios usuarios cuentan para desactivar las incursiones de los websites sobre la privacidad- y el orgullo profesional de los trabajadores del sector tecnológico. 

Pero esos diques, afirmó el analista, se están resquebrajando. 

Una lista de contenedores

Los cuatro diques a los que se refiere el analista son estos: 

– La competencia: Google, Facebook o Amazon, por nombrar algunas de las plataformas en el centro de este proceso de «mierdificación», podrán ser reyes en internet, pero el dinero que recolectan es verde dólar y se acumula en la economía real. Por eso no sorprende que también hayan pasado en las últimas décadas por un proceso de consolidación y de construcción de monopolios. 

Con raíces en la liberalización global que impulsaron a dúo Ronald Reagan y Margaret Thatcher, en medio de un mecanismo social y económico que desembarcó también en la web, «en todo el mundo, los gobiernos dejaron de hacer cumplir sus leyes de competencia -protestó el autor-. Simplemente las ignoraron mientras las empresas las despreciaban. Esas empresas se fusionaron con sus principales competidores y absorbieron empresas más pequeñas antes de que pudieran convertirse en grandes amenazas».

Decadencia 2 Cory Doctorow
Cory Doctorow

¿Un ejemplo? «Cuando Diapers.com rechazó la oferta de adquisición de Amazon, Amazon quemó 100 millones de dólares vendiendo pañales muy por debajo del costo durante meses, hasta que Diapers.com quebró y Amazon la compró por centavos de cada dólar», recordó el analista. La compañía de Jeff Bezos se comió en el 2010 a la empresa que vendía pañales online y la cerró siete años después, por «falta de ganancias». 

«Los gigantes de hoy -concluye la nota- no están limitados por la competencia. No les importa. No es necesario. Son Google«.

– La regulación: aunque existen algunas señales esperanzadoras, en particular las leyes que viene diseñando en este terreno la Unión Europea para proteger a los consumidores, Doctorow dice que, por ahora, las grandes plataformas todavía cuentan con un par de ases en la manga. Por un lado, la lentitud del Congreso de Estados Unidos para actualizar leyes como las de derecho de autor, y por el otro la existencia de «paraísos del crimen» online, como llama el autor a países como Irlanda, Malta o Chipre, con sus regulaciones ultra laxas para estas corporaciones. 

– La autoayuda: cuando se trata del avance de la tecnología, en general los usuarios llevan la de perder. Por ejemplo, se estima que la mitad de las computadoras conectadas a internet en el mundo usan un ad-blocker, los macanudos bloqueadores de anuncios que evitan que salten esos insoportables pop-ups cuando estamos leyendo un diario o chequeando email. Pero… ¿notó el lector o la lectora que cuando visita un website aparece a menudo una ventanita que lo invita a instalarse el app de esa compañía? No es que están buscando su comodidad, sino que los bloqueadores de avisos no funcionan en las aplicaciones…

– El «orgullo» de los trabajadores de las empresas tecnológicas: se está disolviendo después de años de ser abusados. Durante mucho tiempo, empresas como Google «compraron» la pertenencia de sus empleados con cafeterías y salas de masajes gratuitos, títulos rimbombantes para sus cargos, lavanderías y otros beneficios que los llevaban sutilmente a «ponerse la camiseta». Un fenómeno que hasta tiene su propio nombre, vocational awe, algo así como un «éxtasis vocacional», que hasta hace un tiempo se aplicaba a los engrupidos empleados de bibliotecas y librerías que se las saben todas y ahora describe a los trabajadores de Google o Facebook. 

Aunque debería decirse «describía», porque los altos niveles de «mierdificación» terminaron haciendo imposible para muchos de esos empleados orgullosos tragarse los sapos de la degradación comercial de sus empresas. Y, por el otro lado, la realidad los golpeó duro en la cara: la dura situación económica en el sector está llevando a miles de despidos en Silicon Valley y alrededores. Para cuando echaron a la mitad de sus compañeros y compañeras de oficina, quizás llegó la hora de sacarse la camiseta. 

Hablando de oficinas

La nota de Doctorow es realmente importante e instructiva, pero se detiene -tal como promete- en las grandes plataformas y sus mesas de directores. Sin embargo, no es complicado observar que la enshittification es un proceso que también está avanzando en la experiencia de usuario, un problema que detectan mejor aquellos de cierta edad, los que vienen acompañando el crecimiento y uso de internet desde hace ya un par de décadas. Para los jóvenes que arrancan directamente con TikTok es perfectamente natural consumir videos y contenidos basura de veinte segundos. Pero los mayores recordamos, por ejemplo, cuando los resultados de una búsqueda en Google eran pertinentes y sin devoluciones patrocinadas. O cuando Facebook era un espacio amable, sin avisos, donde se podían encontrar al instante las publicaciones de los amigos y no en medio de una tonelada de avisos comerciales, «recomendaciones» que no tienen nada que ver con nuestros intereses e historias de desconocidos. 

Decadencia 3 Graeber
Graeber en una universidad tomada en Amsterdam en 2015

Los más chicos no lo vieron, pero hubo un tiempo en el que se podía chatear con gente de verdad, conocer nuevos amigos que vivían en la misma ciudad o al otro lado del planeta, prácticamente sin intervención de ninguna plataforma. Pruebe ahora conectarse con alguien en las mensajerías de Facebook o Instagram, a ver cómo le van con los filtros y con la actitud cada vez más desconfiada (con razón) del recepto. O conectarse en LinkedIn, una plataforma que hasta hace poco era para profesionales y ahora es un espacio para enterarse de los problemas conyugales o digestivos de los usuarios. 

Por no hablar de los millones de contenidos regurgitados una y otra vez en las redes sociales. Sí, confesamos que nos gustan los gatitos y los videos de gatitos, pero por Dios, ¿cuántas veces tenemos que ver a ese michi del molinete del subte de Estambul, con cien distintos fondos musicales y traducciones?

«Hay millones de personas: consultores de recursos humanos, coordinadores de comunicación, investigadores de telemarketing, abogados corporativos…, cuyos trabajos son inútiles, y ellos lo saben» 

En la letra del tango «Cambalache», que compuso en 1934, Enrique Santos Discépolo famosamente escribió que «el mundo fue y será una porquería», en «el quinientos seis y en el dos mil también». También dijo que «hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor, ignorante, sabio, chorro, generoso, estafador», porque «todo es igual, nada es mejor» y es «lo mismo un burro que un gran profesor». ¿Le suena conocido? No piensa en eso cuando navega por Instagram y ve el ejército de «lectores de constelaciones familiares», «biodescodificadores» y otros charlatanes con cientos de miles de seguidores y aranceles de pequeñas fortunas? ¿Y todos esos patanes que intentan vendernos programas para llenarnos de plata, y «en dólares»? Claro que estas estafas son muy antiguas, pero vale la pena señalarlas para confirmar la validez de las palabras de Discépolo. Y que la «mierdificación» no para.

De hecho, la referencia escatológica tiene una parada muy conocida antes de Doctorow y es el libro «Bullshit Jobs: A Theory», del antropólogo estadounidense David Graeber, del 2018 y editado en español como «Trabajos de mierda: una teoría». En esa obra, el profesor al que Yale despidió en el 2005 por apoyar a un sindicato de graduados y que impulsó el movimiento Occupy Wall Street, propuso revisar el concepto tradicional del trabajo, en particular porque una porción cada vez más grande de los empleos son basura (o, digámoslo, una mierda). En una segunda lectura, Graeber, que falleció en el 2020, afirmaba que estos empleos basura no tienen solamente impacto en la economía sino también en la autoestima de quienes los ocupan. Para el antrólogo incluso se trata de un nuevo «esclavismo».

Demostrando que para algo sirven a veces las contratapas de los libros, la de la edición en español de esta obra de Graeber incluye un buen resumen de su concepto. «Hay millones de personas: consultores de recursos humanos, coordinadores de comunicación, investigadores de telemarketing, abogados corporativos…, cuyos trabajos son inútiles, y ellos lo saben», se lee en la cartulina.

Por lo visto, no hay manera de escaparse: si no es en internet, la mierda nos llega al cuello también en la oficina. Pero no se preocupe, no lo piense más, siéntese a un lado que, al fin al cabo, a nadie importa si nació honrado, porque es lo mismo el que labura noche y día como un buey, que el que vive de los otros, que el que mata o el que cura o está fuera de la ley.

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