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Sabiduría popular: el que no arriesga no gana

La palabra “vieja” fue ele eje de un debate que mantuve con la autora: nos gustaba que figure en esta nota, destacarla. No porque a los 50 se sea viejo, claro. En verdad, a ninguna edad se lo es si uno está con ganas -y posibilidades- de seguir disfrutando. Pero la queríamos subrayar porque el lenguaje correcto políticamente la evita pero eso no impide que mucha gente la piense. No se dice; se asume sin embargo como verdadera.Quizás ese desfase sea una de las tragedias contemporáneas: creer que las palabras dichas agreden, que las pensadas, no. Aunque permanezcan ocultas, perfilan nuestras actitudes, no son neutras.

La razón última por la que quisimos marcar la palabra “vieja” fue por esa sensación que nos embarga a menudo: a tal edad ya no se hace camino al andar. Debieras haberlo emprendido antes, no ahora. Se olvidan de que si la cabeza y el cuerpo lo permiten -y las fronteras cada vez se corren más- nunca es tarde. Recuerdo una vez que la Universidad de Rosario hizo una publicidad con cursos extracurriculares diciendo que hasta “los 80 podés seguir estudiando”, o algo similar. Mi papá, que ya había pasado los 80, pero estaba impecable, se ofendió: ¿acaso él quedaba afuera? No lo sé, pero intuyo que el texto lo hizo algún estudiante de publicidad de veintipocos para quien los 80 implicaban una lejanía existencial inabarcable. Me gustó esa actitud de mi papá, tenía razón. También recuerdo otras cosas que hizo pasados los 80, cuando ya trabajaba menos. Por ejemplo, un voluntariado de lectura para estudiantes no videntes.

Además del placer que produce el cambio y de la adrenalina de algo que nos era desconocido, hay otra cualidad importante que se asocia a los nuevos caminos que se inician no tan joven. Cuando uno está construyendo su carrera profesional, quizás no encuentre el tiempo para algo más. Y si lo encuentra, duda: a los treinta y pico o a los cuarenta y algo es posible que la manutención de los hijos ocupe un lugar central en nuestras decisiones. Ya con otra edad, apostamos sólo nuestros propios días, no los de quienes queremos y debemos cobijar. En ese sentido, la madurez da cierta ventaja.

Animarse. No tener miedo. Y una sugerencia: probá, hay menos riesgo del que imaginás.

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