Lady Di y una cita con las ballenas que hizo historia en la PatagoniaSociedad 

Lady Di y una cita con las ballenas que hizo historia en la Patagonia

Llegó gente de todo el mundo. Porque todos querían estar en el mismo lugar en el que estuvo ella. Llegaron miles, lo siguieron millones. Porque en esta tierra árida de la patagonia no hay un lugar que visitó donde no se encuentre un rastro suyo. Ese fue el legado de la visita de Lady Di a Puerto Pirámides y Gaiman que alcanzó un tamaño mítico y la convirtió en una leyenda distinta a cualquier otra leyenda. Se cumplen 25 años de aquella visita histórica de la princesa por la Patagonia que la ayudó a escapar unos días de la infelicidad de su matrimonio con el príncipe Carlos y los crecientes rumores de infidelidades que recorrieron el mundo sin pausa ni piedades. La serie “The Crown”, en su cuarta temporada, desnuda el dolor de sus días en el palacio y el por qué de la tristeza en el brillo de sus ojos. Pero, pero sobre todo, deja claro lo que fue Lady Di para el mundo: una mujer que enamora.

Le di la mano para que suba a la lancha. Ella misma me la tendió y me miró fijo a los ojos. No hizo falta que dijera nada. Me agradeció desde su mirada profunda, su gesto de humildad. Hice algo que el protocolo nos había prohibido pero en realidad no fui yo quien rompió con las reglas. Fue la princesa a la que pareció no interesarle la corte de guardianes que la rodeaba y la protegía. Pero no pudieron conmigo. O mejor dicho con ella”, recuerda a Clarín Jorge “Dogor” Schmid, capitán de la lancha en la que Diana Spencer realizó un avistaje de ballenas.

Capitán ballenero, 25 años después. “Le dí la mano para que suba a la lancha y rompimos todos los protocolos”, recuerda Jorge “Dogor” Schmid.

Hubo un antes y un después en nuestras vidas de capitanes balleneros. De todas, no sólo fue la visita más importante. También la más impactante. No había terminado de irse y ya teníamos agotadas todas las reservas no solo de los pocos días que nos quedaban en esa temporada del 95. También de la siguiente. Y de la siguiente. Y de las muchas que siguieron en los siguientes años. Pero todas tenían una condición: viajar en la misma lancha en la que había viajado la princesa”.

La lancha descansa hoy en los galpones que Schmid tiene en su complejo Punta Ballenas. La casualidad quiso que lleve un nombre acorde: “Berretín”. Un gomón para unas 20 personas como máximo que Schmid condujo no muy lejos de la costa. No hizo falta salir a buscar a las ballenas, esos animales que parecen pertenecer a la fauna salvaje pero que se amigan con el hombre cada vez que el hombre sale para admirarlos.

Lady Di, en la tapa de Clarín, el domingo 26 de noviembre de 1995

No habíamos navegado 10 minutos y ya teníamos al primer ejemplar empujando la lancha. Veo todavía la expresión de la princesa. Giró levemente su cara con una sonrisa leve, buscando una sonrisa cómplice. Después volvió la vista sobre la ballena y se quedó mirándola fijo durante un rato, mientras el gigante desparramaba su prolongado soplido. Yo trataba de controlar a “Berretín” en un mar calmo, quizá más calmo que nunca y que aún me parece verlo”.

La visita de Lady Di a la Argentina tuvo varios pasos por entidades benéficas y visitas protocolares e institucionales en el país que estaba bajo la presidencia de Carlos Menem. Desde un primer momento, el protocolo exigió un viaje a la Patagonia por dos razones: la entonces princesa de Gales quería visitar Península Valdés para realizar el avistaje de ballenas que comenzaba a ser descubierto por el mundo y, sobre todo, visitar Gaiman, el pueblo donde reside la colonia galesa más importante del país. Allí está la mayor cantidad de descendientes de los primeros colonos galeses que llegaron a Puerto Madryn el 28 de Julio de 1865 a bordo de una tambaleante corbeta llamada “Mimosa” buscando algo que en su tierra habían perdido: la libertad.

Lady Diana, en la plaza de Gaiman, luego de recorrer Puerto Pirámides.

¿Buscaba lo mismo acá Lady Di? En la Patagonia queda aún su paso firme y elegante, traspasando los límites que impone el olvido con el paso de los años. “Estoy seguro que soy de los pocos privilegiados que sin pertenecer al séquito de la nobleza no tuvo que esforzarse para tocar su mano. Ella me la tendió con un enorme gesto. ¿Saben cuantas veces pensé que me decía ‘si no me das la mano no puedo subir a la lancha’”, confesó “Dogor” con una sonrisa.

Su enorme complejo turístico, ubicado en la última bajada al mar de Puerto Pirámides, ya es conducido por sus dos hijos. Mientras mira el mar, azul y tranquilo como nunca, cuenta que “con el paso de los años buscamos entre los prestadores el nombre de alguna personalidad del mundo que pueda igualar lo que nos dio Lady Di. Y no encontramos. Recuerdo que el ministro de Deportes de entonces dijo que si tendríamos que haber invertido en publicidad toda la promoción que nos dejó la visita de la princesa hubiéramos superado los 65 millones de dólares”.

Schmid recordó las enormes medidas de seguridad que precedieron su llegada. “A “Berretín” la dieron vuelta. La desarmaron y volvieron a armarla. Lo mismo con los chalecos salvavidas. “Dibujaron” el trayecto hasta la lancha, controlaron todas las rutas de acceso y revisaron todas y cada una de las lanchas donde periodistas de todo el mundo (más de un centenar) iban a seguir la visita”.

El recuerdo de Lady Di, en la casa de té que visitó la princesa.

Guarda como un tesoro la icónica foto de Lady Di en su lancha, con una ballena en su orilla y la bandera argentina flameando en las alturas de “Berretín”. Schmid recordó que “la coloqué en un lugar para que la vieran todos. Ella solo la miró. Y no hizo ni un gesto”.

La visita de la princesa siguió en Gaiman. La esperaba un coro de niños galeses y la tradicional ceremonia británica del té de las 5. La casa elegida fue Ty Te Caerdydd, de amplios jardines y rosales que parecen eternos. Lady Di tomó media taza de té y no probó ninguna de las tortas galesas que cubrían su mesa. La casa aún conserva en una vitrina todo los utensillos y el mantel que usó durante su estada de poco más de dos horas, donde escuchó canciones de su tierra que los chicos interpretaron con notable energía. No tuvo problemas en besar algunos de los rostros curtidos por la pobreza ni de recibir en sus manos flores y obsequios de descendientes que llegaron a llorar cuando la vieron tan cerca.

The Crown, la serie. Diana y el príncipe Carlos, donde se recuerda su historia de desamor.

Fue cómo una explosión. No sé bien cómo explicarlo. Dejó como un sabor dulce, la visita más resonante de la casa. No encuentro a lo largo de la historia un personaje de tal atracción. De tanto magnetismo, simpatía y sensibilidad”, dijo Miguel Angel Mirantes, dueño de la casa de te desde un refugio campesino que eligió para estos difíciles tiempos de pandemia.

A poco de irse, envió dos cartas: una para los integrantes del coro de niños de Gaiman. Y otra personal a Jorge Schmid. Allí le expresaba un deseo que no pudo cumplir: volver a ver a las ballenas con sus hijos.

La casa de té donde estuvo la princesa se convirtió en un paso obligado de los turistas, que se han sacado mil y una fotos con las rosas del jardín.  “Berretín”, en tanto, descansa de aquel sueño, intacta, inamovible. 

Nadie puede escapar a los recuerdos y menos a los que siguen vivos en los ojos de aquella princesa triste que un día llegó al fin del mundo y enamoró a todos. 

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