La nueva historia de Marcelo Birmajer: El idiomaEspectáculos 

La nueva historia de Marcelo Birmajer: El idioma

Precisamente en el mismo año en que me invitaron a San Francisco y Berkeley, mi amigo Rafo estaba viviendo en Hollywood. Me pasó a buscar con un auto oxidado que parecía de una serie de televisión de los ‘80, y recorrimos por la costa los 400 kilómetros que nos separaban de su casa. Cumpliendo con la regla de honor que me impuse desde mi adolescencia -nunca dormir en casa ajena-, pasé la noche en un hotelucho, que en vez de con estrellas debió haber sido categorizado con el impermeable de Columbo. En la entrada del hotel había un hippie fumando marihuana junto a una cabra.

Por la mañana, me llamó la atención que Hollywood, además de ser la fuente de la mayoría de mis películas favoritas, fuera el hogar cotidiano de cientos de miles de personas, con sus bares y comercios. Rafo me obligó a pasar por Record Parlour, su disquería favorita, cool y retro, pero sin demasiado interés para un sujeto con gustos tan limitados como los míos en material musical; y no levantamos demasiado mi espíritu en otra, Amoeba, cuya mayor virtud era una infinita cantidad de discos de pasta de los años ‘70. Finalmente nos dejamos caer, o nos desplomamos, huyendo de un sol devastador, en el bar o café Formosa, donde aparentemente Frank Sinatra cortejó a Ava Gardner durante varias noches. Yo me había comprado en la librería Counterpoint el libro de Melville Shavelson Cómo hacer una película judía, con Kirk Douglas, John Wayne, Frank Sinatra, Yul Brynner… y seguían las firmas. Había visto esa película: Sinatra defendiendo al recién creado Israel, en 1948, con un sifón de soda, desde un avión bimotor, contra la invasión de cinco ejércitos árabes. La sombra de un gigante: maravillosa. Comencé a pasar las páginas del libro mientras miraba a mi alrededor: habíamos pedido té frío, huevos revueltos y salmón ahumado. Las fotos de Bruce Lee y otras celebridades asiáticas, para mí desconocidas, alternaban con figuras occidentales del Hollywood de los ‘70 y ‘80. Un hombre en la barra bebía un líquido gris, y dormía alternativamente. Era un sujeto, calculé, de más de setenta años, visiblemente deteriorado por el alcohol, y algo en él me llamaba involuntariamente la atención. De pronto descubrí que su rostro abotargado se replicaba en uno de los retratos colgado de la pared a mi izquierda: aunque estábamos casi en penumbras- lo que se agradecía luego del sol agresivo del exterior-, no cabían dudas de que eran la misma persona: ni el tiempo ni el alcohol los podían separar lo suficiente. Le pregunté a Rafo si sabía quién era, pero me hizo el gesto de que no. Consulté al mozo taiwanés, quien a su vez extendió mi pregunta a un empleado, o quizás dueño, detrás de la barra. El mozo volvió con la respuesta: era el guionista de El hombre de la selva.

– ¡El hombre de la selva! – grité. Rafo me hizo un gesto de que bajara la voz. Pero yo farfullé mientras engullía el salmón: – No me perdía ni un capítulo. Pero, de adulto, hubo algo que siempre me intrigó y quise saber: qué significaban los diálogos de los guerreros africanos.

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Mientras Rafo, mirándome absorto, y a la vez atendiendo a que mis gritos no despertaran al guionista, me rogaba que bajara la voz, yo terminé de explicar: a menudo, en la serie, un grupo de exploradores blancos que en realidad venían en busca de el hombre de la selva, eran atrapados por un batallón de guerreros africanos, sólo vestidos con un pareo, con escudos y lanzas. Estos guerreros africanos se dirigían de manera hostil a los exploradores blancos, los rodeaban agitando sus escudos, izando sus lanzas, salticando en el lugar y gritándoles todo tipo de cosas, en un idioma que a mí me resultaba gutural. Esos guerreros africanos, me pregunté por el resto de mi vida, ¿decían algo concreto, palabras inteligibles, que se pudieran traducir a cualquier otro idioma? ¿Era tal vez un idioma que no se pudiera traducir? ¿O simplemente decían cualquier cosa, como en español podríamos decir tungo, mungo, chonco, con tono amenazante y pronunciación inquietante? ¿Formaban o no parte de un idioma los gritos de los guerreros africanos, en la serie El hombre de la selva, contra los exploradores blancos? Si era un idioma, ¿qué les decían? Y si no, y en cualquier caso: ¿por qué les gritaban así?.

Ahora se lo podría preguntar al guionista. ¿Estaba dispuesto Rafo a traducir la pregunta, y la ocasional respuesta? Rafo echó un vistazo al hombre postrado en la barra, y respondió por enésima vez antes del mediodía: – No.

Pero Hollywood es Hollywood. El hombre se puso de pie, como Rocky en el round previo al final, y vino caminando hacia nosotros, para gran zozobra de ambos.

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– Esa es una pregunta que le puedo contestar -me dijo en español.

Hablaba como un personaje de El Zorro.

Tanto Rafo como yo nos quedamos estupefactos.

– Provisto que me paguen los tragos -agregó el guionista.

Por algún motivo, probablemente un milagro, Rafo asintió.

– Por esos años yo estaba casado con una mujer que me hostigaba.

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Desde que me despertaba, hasta que me iba a dormir, me daba ordenes, me desafiaba, me indicaba lo que debía hacer por el resto del día. ¿Por qué seguía con ella, se preguntan? Quizás esa respuesta es más difícil de dar que el idioma sobre el que usted se pregunta. La amaba. Me sentía muy solo sin ella. Sin embargo, sus constantes reproches y ordenanzas llegaron a convertirse para mí en un idioma gutural. Ya no entendía lo que me decía, sólo que me estaba gritando. Una tarde en el plató, le pedí permiso al director, y les expliqué a los actores africanos cómo debían gritar a los exploradores blancos: desde entonces, ese sonido se popularizó en Hollywood. Se utilizó para muchas otras series, incluso películas. Lo curioso es que ella finalmente me abandonó.

El guionista de El hombre de la selva iba a agregar algo, pero fue interrumpido por la incursión de una gigantesca figura africana, un hombre quizás de su misma edad, pero con el rostro entero y una aparente nobleza, sellada por su cabello cano.

– ¡Mack, aquí estabas! -dijo el hombre negro, en inglés-. Te busqué durante toda la mañana.

Como si fuera parte del detrás de escena del filme, el guerrero africano se llevó al guionista del brazo. Al instante volvió solo.

– ¿Ya pagó sus tragos? -nos preguntó.

– Nosotros los pagamos -dije en un inglés chapuceado-. Pero… ¿quién es usted?.

El resto del diálogo me lo tradujo Rafo: – Yo actuaba en El hombre de la selva, y llegamos a ser muy amigos. Lo seguimos siendo después de tantas vicisitudes…

– ¿Qué vicisitudes? -insistí.

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El hombre alto me miró desde arriba como si yo debiera saberlo, como si todo Hollywood lo supiera: – Su esposa, Angie Ickinson, lo dejó por mí. Hace ahora de eso ya más de treinta años. Duró poco nuestro romance con Angie. Pero mi amistad con Mack continúa hasta hoy. Todo lo otro es agua pasada bajo el puente.

– ¿Y por qué cree que ella lo dejó por usted?- me atreví.

– No lo sé -contestó finalmente el actor, yéndose-. Nos entendíamos.

WD

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