El plan de Martín Guzmán para renegociar la deudaEconomía 

El plan de Martín Guzmán para renegociar la deuda

La negociación de la deuda no es un jardín de senderos que se bifurcan, como en el cuento de Jorge Luis Borges. Porque no es un jardín. Más bien, un baldío. Pero con senderos que se bifurcan. Y Alberto Fernández eligió uno de ellos, aunque uno de sus colaboradores más cercanos no lo confirma y asegura que habrá que esperar hasta el viernes: optó entre dos caminos con parecidos entre sí pero con diferencias sustanciales, el que proponía Guillermo Nielsen, con su experiencia de haber refinanciado los bonos en 2005, y el que sugiere Martín Guzmán, este investigador de reestructuraciones de deuda en la Universidad de Columbia (Nueva York) junto al Nobel crítico del neoliberalismo y de las organismos multilaterales Joseph Stiglitz.

Hasta mediados de noviembre, Nielsen y sus asesores Adrián Consentino y Gabriel Rubinstein venían avanzando con bancos internacionales como Citi en la elaboración de un menú de opciones de ofertas de canje de títulos públicos. Había una alternativa de máxima para la Argentina que consistía en postergar por cuatro años todos los pagos de capital e intereses, de modo tal de descomprimir las cuentas públicas para que la economía comience a funcionar sin ahogos como el que la ha sometido el plan de Mauricio Macri y el FMI. Pero esta propuesta no solo dejaba con las manos vacías a los acreedores sino que quitaba presión a Fernández para ordenar el resultado fiscal en su periodo presidencial y por eso los bonistas, entre los que predominan los fondos de inversión, temían que el problema estallara en el siguiente gobierno.

Otra opción, más aceptada por los acreedores y mejor encaminada en la negociación informal iniciada hace varias semanas por Nielsen, consistía en postergar por dos o tres años el pago de capitales y recortar parte del pago de intereses. En un mundo de bajos rendimientos y donde hay países ricos en los que los bancos cobran por los depósitos, los fondos estarían dispuestos a aceptar menos cupones. Pero las entidades pedían que los intereses postergados se capitalizaran dentro de un nuevo bono con un alto rendimiento.

La idea de Nielsen consistía en solucionar rápido la reestructuración de la deuda con el sector privado para recuperar pronto el acceso a los mercados internacionales de crédito. También contemplaba un acelerado diálogo para llegar a un arreglo con el FMI y los demás organismos multilaterales para conseguir los 12.700 millones de dólares que faltan desembolsar del megapréstamo que el Fondo Monetario Internacional aprobó en 2018 y a la vez lograr apoyo adicional del Banco Mundial. Pero este 26 de noviembre Fernández declaró que no le pedirá ese dinero al FMI porque, según su visión, el país debe dejar de tomar deuda. Se trata de un pasivo para saldar otro, con el sector privado. Sin esa plata, aumenta la presión para postergar los pagos a los bonistas. 

London calling. Desde mediados de noviembre el ex secretario de Finanzas de 2002 a 2005, ex candidato a jefe de Gobierno por el Frente Renovador, de Sergio Massa, y amigo del ultraliberal Javier Milei paralizó las reuniones con acreedores. En cambio, viajó a Londres a un seminario de energía al que tenía previsto asistir desde hace tiempo. Es que, además de renegociar la deuda, está obsesionado con incentivar la inversión en Vaca Muerta.

Quien apareció entonces como figura de peso en la reestructuración del pasivo fue Guzmán, que toda su vida se dedicó a la academia, desde que este hincha de Gimnasia era alumno de la Universidad de La Plata, donde fue discípulo de una eminencia como Daniel Heymann, hasta cuando se doctoró en Brown (Estados Unidos) o cuando viaja a dar clases en la capital bonaerense o en la UBA. Ahora suena como eventual ministro o secretario de Finanzas, mientras Nielsen podría ir como secretario de Energía o presidente de YPF.

Guzmán quiere dialogar con el Fondo, pero no tiene apuro en llegar a un acuerdo porque sabe que recién en 2022 y 2023 hay que devolverle el préstamo récord. A Fernández le gustó la idea de esperar a ver qué tiene el FMI para ofrecer a la Argentina después de su error de prestarle tanto -la mitad de sus créditos- a un país con un plan que ha empeorado las posibilidades de repago y solo ha salvado a los bonistas que cobraron su dinero entre 2018 y 2019. Mientras tanto, ansía el financiamiento de otros organismos multilaterales, lo que quedó de manifiesto en sus encuentros con el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y la Corporación Andina de Fomento (CAF).

Para Nielsen, un pacto con el organismo servía para mostrarle al mercado que la Argentina tenía un plan económico y, de ese modo, convencerlo de aceptar la reestructuración e incluso de volver a financiarla. La mayoría de los bancos y el FMI lo respaldaban. Pero Guzmán propone llegar primero a un acuerdo con los acreedores privados, tal como propone un comité de grandes fondos de inversión de Estados Unidos y Francia como Blackrock y Greylock, interesados en hacerse pronto de los nuevos bonos para liquidarlos en el mercado. Pero, para desagrado de ellos, Guzmán sugiere que se aplace por dos o tres años todo el pago de la deuda, incluidos los intereses, que en este caso no se capitalizarían con ningún tipo de bono. Esto último es lo que despierta recelo de los inversores, que desean que les caiga alguna renta en este periodo.

Valor. En tiempos en que los bonos argentinos cotizan con una quita del 65%, la propuesta de Nielsen implicaría una poda del 30% y la de Guzmán, una del 40%. Guzmán ha mantenido diálogo con diversos políticos argentinos, desde el socialista Miguel Lifschitz hasta el peronista Juan Manzur, pero fue Sergio Massa quien lo acercó a Fernández y Cristina Kirchner, que siempre admiró a Stiglitz. No está claro si es la vicepresidenta quien promueve al economista de Columbia por una cuestión ideológica, frente a un Nielsen al que también ella venía consultando desde hace un año.

El Fondo objeta las propuestas de Nielsen y Guzmán porque considera que no solo debe aplazarse el pago del capital sino también imponerle una quita. De ese modo, se aseguraría de que la Argentina le devuelva el dinero. Pero los asesores de Fernández siguen hablando de “solución a la uruguaya”, o amigable, sin poda del principal, para granjearse la aceptación rápida de los bonistas.

El próximo presidente se estrenará con un nuevo reperfilamiento de las letras de corto plazo, que Mauricio Macri pateó para diciembre. Por eso su equipo ha mantenido encuentros con fondos comunes de inversión, muchos de ellos de bancos, y con aseguradoras, todos interesados en que la nueva postergación de pagos no aniquile una de las pocas alternativas subsistentes de inversión en pesos ni perturbe sus balances.

En cuanto a la deuda de largo plazo, en marzo hay fuertes vencimientos de la de ley local y en octubre, de la extranjera. Las condiciones de la primera pueden modificarse en forma unilateral, más allá de que algún tipo de negociación allane el futuro acceso al financiamiento. En cambio, los bonos de legislación foránea requieren una estrategia de seducción para evitar un rechazo de la oferta que derive en pleitos en tribunales de Nueva York o Londres.

“Los inversores están internalizando que se dejarán de pagar los intereses”, admite el economista de un banco del exterior. En cambio, un alto ejecutivo de la banca internacional se muestra más escéptico. “Los grandes fondos esperan que Alberto defina de una vez quién será el interlocutor y presente un plan económico”, advierte el banquero, que prefiere a Nielsen, pese a su estilo agresivo con los acreedores, antes que a Guzmán, “tan teórico como (Federico) Sturzenegger” y “ahijado de market enemies como Stiglitz y Cristina”.

Pero en el equipo de Fernández aseguran que no hay tantas diferencias ideológicas entre Nielsen y Guzmán, de quien aclaran que no es tan heterodoxo como Axel Kicillof. Además, tanto acreedores como países que dominan el FMI les interesa que Fernández demuestre que manda él y no CFK.

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