Del Once a BerlínEspectáculos 

Del Once a Berlín

En esta ocasión el Ministerio de Relaciones Exteriores de la República Federal de Alemania me invita por los 30 años de la caída del Muro. Berlín está erizada de memoria: sobre las fachadas de los shoppings, en Alexanderplatz, se proyectan los momentos finales del experimento de la Alemania soviética: la última visita de Gorbachov; el periodista que le pregunta al jerarca comunista alemán cuándo comenzará a aplicarse la medida de salida libre, y el funcionario que responde, erróneamente, “ya mismo”. Las multitudes atravesando el Muro, luego derribándolo, literalmente.

En esta ciudad comenzó y terminó el siglo XX: la Primera Guerra Mundial, el cabo Hitler convertido en Führer, la génesis de la bestia nazi, medio mundo ocupado por las tinieblas, el genocidio de seis millones de judíos, más de cincuenta millones muertos en la conflagración, la derrota de la bestia nazi y sus aliados, el epicentro de la opresión stalinista, la caída del Muro.

Por el ventanal de mi hotel, como un personaje de Le Carré, observo la animada avenida Friedrichstrasse; en cada esquina de Berlín, una placa, un afiche, un individuo, participa una efeméride: el recuerdo de un asesinado, de alguien que intentó escapar del comunismo, de alguien que logró escapar. Suena el teléfono de mi habitación.

-Tengo que hablar con vos -me dicen en un percudido acento porteño-.

Por creerme un personaje de Le Carré, me imponen una historia. Le pregunto quién es, pero responde que prefiere mantenerlo en secreto. Le explico que tengo un fixture muy apretado, que apenas si me queda tiempo libre, que por qué no me cuenta por mail.

-Esto no se puede por mail -replica-.

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Finalmente me resigno a una breve cita en un bar turco, sobre la calle Bertolt Brecht. De la media docena de obras de teatro que se ofrecen en la sala homónima, también llamada Berlín Ensamble, ninguna parece una adaptación de Darío Vittori. Recuerdan el travestismo y la vanguardia de aquel Berlín decadente de fines de los ‘20 y principios de los ‘30 del siglo pasado, el fulgor y la agonía simultáneos de la república de Weimar.

¿Qué hago yo acá, en esta ciudad exultante y fantasmagórica a la vez, donde se tramó la extinción de mi propia sangre?

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En rigor, la frase que apócrifamente le atribuyen a Brecht, nunca me convenció. El protagonista dice que primero se llevaron a los judíos, y él no hizo nada. Después se llevan a varios más, y finalmente lo vienen a buscar, y ya es tarde. Pero la moraleja vendría a ser que si no reaccionas cuando se llevan a otros, finalmente te va a tocar a vos.

Definitivamente no me gusta esa moraleja. Lo que debería enseñarse es que hay que reaccionar cuando asesinan a otros porque está mal, no porque si no me reacciono me van a matar a mí. Porque en ese caso, si me aseguran que no me matarán, no tendría por qué reaccionar. De modo que el poema no sólo es falsamente atribuido a Brecht, sino que es en sí mismo incierto. Llego al local de shwarma, shiskebab y café de borra. Mi fuente es inconfundible: un porteño en Berlín. Dos porteños en Berlín, de hecho.

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-¿Vos venís del Once? -me pregunta-.

Aunque hay cierta imprecisión en su pregunta, muevo afirmativamente la cabeza.

-Yo de Villa Crespo -acota, y aclara-: Pero no soy judío. Soy comunista.

-¿Qué clase de comunista? -me escucho preguntar-.

-Del PC -responde-. ¿Vos también fuiste del PC, no?

-No -le informo-. Nunca.

-¿Pero no escribiste en algún lado que fuiste de izquierda? -me increpa-.

-Sí -admito-. Pero no del PC. Siempre estuve en contra del stalinismo. Pero desde hace treinta años también estoy en contra del trotskismo, del maoísmo, del marxismo en general. Prefiero la incertidumbre.

-Entonces seguramente me equivoqué en llamarte -reconoce-.

-Es lo más probable -coincido-. Si le parece podemos despedirnos, todavía no pedí nada.

-No, no -me detiene-. Sos al único al que le puedo contar a mi historia.

En un alemán extraño, le pide al camarero algo en lo que reconozco la palabra café, pero pronunciada con K.

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-Llegué a Berlín en noviembre del 89. Venía en busca de un amor, y una utopía. Lupe, mi responsable en el Partido, había llegado a Berlín a principios de ese año. Yo tenía veinte y ella 45. Recibí una carta en Buenos Aires: Lupe me informaba que llevaba nuestro hijo en su vientre. Ella me había dejado por nuestra diferencia de edad. Pero ahora, luego de nuestro romance secreto dentro del local del Comité Central, el de la calle Canning, podíamos reencontrarnos en Alemania Oriental. El Partido la había enviado para una capacitación en economía política. Una de las docentes sería Marta Harnecker. Habíamos quedado con Lupe encontrarnos aquí, muy cerca de donde estamos hoy sentados. Pero esa misma noche un sueño se deshizo en pedazos: los reaccionarios derribaron el Muro, y nunca más volvimos a encontrarnos.

-¿Es decir que usted llegó a Alemania Oriental el mismo día en que terminó?

El hombre asintió tristemente. Debía ser más joven que yo, pero parecía varios años más viejo. Estaba vestido con un chaleco y un pullover, algo medianamente ridículo.

. Podés tutearme -casi me ordenó-.

Pero no le hice caso.

-Lupe está en algún lugar de este país -me dijo-. Tan desesperada como yo. ¿Cómo pudieron derribar un sueño?

-Aparentemente, no les gustaba -sugerí-.

-Les comió la cabeza Occidente -apuntó en un extrañamente moderno slang porteño-.

-¿Esa es la historia? -insinué a modo de despedida-.

-Quiero que sepas lo que voy a hacer -amenazó-.

Miré para ambos costados: no había policías por ningún lado, ni sabía cómo llamarlos si hiciera falta.

-No estoy solo: varios camaradas nos hemos conjurado para volver a levantar el Muro. Tenemos los materiales, sabemos por dónde empezar. Será más rápido que en 1961. Todo lo que hace falta es convicción. El capitalismo está en decadencia.

-Siempre -acepté-. Pero la raza humana también.

-Somos la nueva raza -escupió de pronto el desconocido-.

-No sé dónde fue que yo escuché eso alguna vez… -repliqué-.

-Esta vez será distinto. El Muro tiene que llegar hasta la Argentina. Queremos que seas parte.

Incomprensiblemente, se me escapó una carcajada.

-Súmate, o perece -me arengó-.

-Eso también creo haberlo escuchado alguna vez -murmuré-.

-Lupe leerá en los diarios que erigí nuevamente el Muro. Vendrá a buscarme.

No sé por qué, le detallé: -Pero Lupe debe tener ahora 75 años…

-¿Y? -me desafió-. Vendrá con mi hijo. Juntos reiniciaremos el comunismo.

-Entiendo -me puse de pie-. Me voy.

-Siempre vas a llegar tarde a la Historia -me maldijo-.

-Es lo que intento – dije-. Ese es mi modo de vivir.

WD

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